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JRS Retiro online: Día 3 – Refugiados perdidos en las grandes ciudades
miércoles, noviembre 03, 2010


"Pero es sólo en... la vulnerabilidad que podemos formar una relación genuina y, por tanto, dar sentido a nuestras vidas. ... Esto es así especialmente con los pobres o con aquellos que son, de alguna manera, diferentes."
Cuando empieces tu oración de hoy, recuerda que estás ante la presencia de Dios sagrado. Ten presente que Dios te está viendo en todo momento, y de que la ternura y el poder con que te mira. Pídele a Dios aquello que quieras a través de plegaria.

Pídele hoy a Dios que te ayude a rendirte ante el Misterio que te rodea, confiando en que el universo está en las buenas manos de Dios. Pídele que aumente tu fe en el amor radical y en la bondad de Dios, que pueden vencer todos tus temores y poner en orden tus deseos.



Reflections for Prayer
Johannesburgo, 3 de noviembre de 2010 – Hoy, más de la mitad de los refugiados del mundo viven en áreas urbanas superpobladas y ya no en los campamentos de refugiados que tradicionalmente estaban ubicados muy lejos de los grandes centros de población. Danisa, un joven zimbabwense, es uno de estos llamados “refugiados urbanos.” Llegó hace poco a nuestra oficina en Pretoria para que le ayudásemos a poner en marcha una peluquería. Tras entrevistarnos con él, alguien del equipo compró unas maquinillas de cortar cabello, una silla, un espejo y una palangana. Esta era su barbería. Trabajamos con él en los trámites legales para desarrollar esta actividad legalmente y evitarle problemas en caso de redadas policiales. Sin embargo, seguía siendo vulnerable a los robos.

Danisa, el mayor de seis hermanos, procedía de una aldea del sur de Zimbabwe. Le pregunté por qué se marchó y por qué no seguía en la escuela. Contó que su colegio había tenido que cerrar porque los padres tuvieron que asumir el pago del salario de los maestros ya que el gobierno no lo podía hacer. Si bien este tipo de acuerdos podían funcionar en las ciudades, donde la gente tiene acceso a dólares americanos, en las áreas rurales como la de Danisa esto era imposible. La situación se reducía a que su familia estaba pasando hambre; así que decidió marcharse de Zimbabwe. Fue un viaje azaroso. Le robaron y le golpearon cuando ya estaba cerca de la frontera. Así que tuvo que sobrevivir de la caridad en Beitbridge, en la parte zimbabwense de la frontera, trabajando de lo que le salía hasta reunir el dinero suficiente para cruzar la frontera. Desde allí, caminó 85 kilómetros hasta Louis Trichardt. Le llevó dos días durante los cuales dormía cerca de la carretera siempre tratando de no ser visto.
Danisa, ahora, tiene alquilado un estrecho balcón en el noveno piso de un edificio de apartamentos, que comparte con otros zimbabwense. Paga 750 Rands al mes (100 dólares americanos). El balcón está completamente expuesto a las inclemencias del tiempo. Con él, otras seis personas viven en este apartamento de dos habitaciones.

En la historia del Evangelio recomendada más abajo, Jesús cuenta la parábola de un hombre herido y de su encuentro con un sacerdote, un levita y un samaritano. Esta parábola del buen samaritano está pensada para que, quienes la escuchemos, nos enfrentemos a preguntas difíciles: “¿quién es mi prójimo?” y “¿quién de estos tres, en su opinión, era el prójimo de los que robaron a la víctima?". ¿Cómo nos ayuda la historia de Danisa a responder a las preguntas que Jesús nos plantea? ¿Cómo convertimos en nuestro prójimo al extranjero, al que tenemos cerca y al que tenemos lejos? ¿Qué dice la historia de Danisa sobre nuestra propia vida? ¿Cómo nos acerca a Dios?

P. David Holdcroft SJ
Director regional
JRS África meridional

Dírigete a Dios como a un amigo al que habla un amigo.

Háblale a Dios sobre tu respuesta, sobre tus necesidades y sobre tus deseos más profundos.

Termina tu oración con el Padrenuestro, la plegaria que Jesús nos enseñó.


Suggested Reading for Prayer
Lucas 10: 29-34

El doctor de la Ley le hizo a Jesús esta pregunta: “¿Y quién es mi prójimo?” Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo.”