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JRS Retiro online: Día 16 – Lágrimas de sufrimiento
martes, noviembre 16, 2010


"El amor significa ser vulnerable. Si amas algo, tu corazón seguramente se retorcerá y posiblemente se quebrantará."
Cuando empieces tu oración de hoy, recuerda que estás ante la presencia de Dios sagrado. Ten presente que Dios te está viendo en todo momento, y de que la ternura y el poder con que te mira. Pídele a Dios aquello que quieras a través de plegaria.

Pídele hoy a Dios que te ayude a rendirte ante el Misterio que te rodea, confiando en que el universo está en las buenas manos de Dios. Pídele que aumente tu fe en el amor radical y en la bondad de Dios, que pueden vencer todos tus temores y poner en orden tus deseos.



Reflections for Prayer
Bruselas, 16 de noviembre de 2010 – Apenas hacía un mes que había comenzado mis visitas al centro de detención 127 en el aeropuerto de Bruselas. Me acuerdo de la sonrisa jovial de Amine iluminando su rostro a pesar de todo lo que ya había vivido...

En Sierra Leone, Amine era campesino. La cruel guerra civil que asoló el país a finales de los 90 le obligó a cambiar de vida. Se convirtió en buscador de diamantes, obligado a remover la tierra para el comandante de un batallón rebelde que, al finalizar la guerra, se transformó en un grupo mafioso. Un día, Amine fue acusado de quedarse una piedra preciosa. Se vio obligado a huir y encontró refugio en casa de un pastor que le ayudó a abandonar el país con un guía clandestino. Al llegar al aeropuerto de Bruselas, pidió asilo. Lo condujeron al centro de detención. Fue allí donde le conocí.

Durante una conversación, Amine se sinceró: «Estoy intranquilo por mi hijo Salieu. Apenas antes de salir, supe que el comandante que me amenazaba había caído sobre él. Sus hombres le golpearon. ¡Aún no tiene los 18 años! Creo que lo enviaron al hospital, pero no he sabido nada más de él.» Me hizo llegar un trozo de papel con algo que podía descifrar como un correo electrónico. Amine me dijo que era de un amigo. Me pidió que le escribiera. De vuelta a casa, envié el email en este gran océano que es la web, como si lanzara al mar el mensaje en una botella… Para mi gran sorpresa, recibí respuesta. Pero las noticias no eran buenas… El amigo me hizo saber que Salieu había muerto en el hospital como consecuencia de las heridas. El mensaje fue como un puñetazo en el estómago.

Dos días más tarde, hice acopio de valentía y me dirigí al centro de detención. Amine me recibió en la habitación. Después de sentarme junto a él, le di la terrible noticia. Amine estalló en sollozos. Yo no sabía qué hacer. Le abracé y rompí a llorar. Estuvimos así quizás diez minutos, sin mediar palabra, en un silencio ahogado por nuestras lágrimas. Nunca como aquel día vi con tanta fuerza lo que quería decir la compasión.

A veces las lágrimas nos dan miedo. Uno se dice: «Yo no debo llorar. Esto no se hace». Y, sin embargo, las lágrimas, en verdad, nos descubren. Son el testimonio de un corazón en el que Dios trabaja. Jesús ha llorado. Por su amigo Lázaro, por Jerusalén. ¿Hay algún signo más hermoso de su amor? ¿Le ha ocurrido que haya llorado escuchando a un refugiado? Asuma estas lágrimas como un don de Dios: porque estas crean en usted el deseo de estar con Jesús crucificado, aún hoy, por los y las que sufren.

Christophe Renders S J
Director nacional del JRS Bélgica

Dírigete a Dios como a un amigo al que habla un amigo.

Háblale a Dios sobre tu respuesta, sobre tus necesidades y sobre tus deseos más profundos.

Termina tu oración con el Padrenuestro, la plegaria que Jesús nos enseñó.


Suggested Reading for Prayer
Juan 11

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro Días. Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado. Los Judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que esta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí. María llegó adonde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.”

Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado,  preguntó: “¿Dónde lo pusieron?”. Le respondieron: “Ven, Señor, y lo verás.” Y Jesús lloró.  Los judíos dijeron: “¡Cómo lo amaba!”

Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y le dijo: “Quiten la piedra.”  Entonces quitaron la piedra. Después de decir esto, gritó con voz fuerte: “¡Lázaro, ven afuera!”  El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: “Desátenlo para que pueda caminar.”