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JRS Retiro online: Día 22 – El pan de la vida
lunes, noviembre 22, 2010


“Nosotros (Jesuitas)... llevamos esa palabra hasta los confines de la tierra, buscando compartir su riqueza con gentes de todas partes.”

Cuando empieces tu oración de hoy, recuerda que estás ante la presencia de Dios sagrado. Ten presente que Dios te está viendo en todo momento, y de que la ternura y el poder con que te mira. Pídele a Dios aquello que quieras a través de plegaria.

Pídele hoy a Dios que te ayude a rendirte ante el Misterio que te rodea, confiando en que el universo está en las buenas manos de Dios. Pídele que aumente tu fe en el amor radical y en la bondad de Dios, que pueden vencer todos tus temores y poner en orden tus deseos.



Reflections for Prayer
Lobone, 22 de noviembre de 2010 – El 23 de mayo de 2009, viajé por primera vez a una remota aldea acholi, llamada Lomarati en las montañas del Sur de Sudán, para celebrar la Eucaristía. Aquel domingo por la mañana salí a las 8 en nuestro jeep todo terreno con Lillian, la secretaria de nuestra oficina, que tenía familia viviendo en Lomarati. En el camino se nos unió el director de catequesis de la parroquia, Christopher. A pesar de la dificultad de las carreteras, pudimos avanzar por las montañas y llegar puntualmente a Lomarati.

A nuestra llegada, recibimos una sorprendente bienvenida de la gente que se había reunido para la ceremonia. Me dijeron que ningún sacerdote había celebrado una misa en Lomarati desde 1995. Aquí estaba yo entre gente que había regresado a su tierra ¡tras 15 años de exilio! La aldea está situada en un precioso valle entre montañas, tan verde como mi Irlanda. Antes de comenzar la misa, algunos miembros de la congregación insistieron en mostrarme el río que discurría a través del valle. No tardé en encontrarme junto a un rápido torrente de aguas cristalinas y frescas. Me recordó los ríos de mi país en las montañas pocos kilómetros al sur de mi Dublín natal. En Lomarati, me sentí extrañamente en casa y comencé la misa con una gratitud y empatía que no esperaba.

Durante la Eucaristía, bautizamos a 40 niños y adultos. El deseo de la gente por los sacramentos del bautismo y del Cuerpo de Cristo, del que durante tanto tiempo estuvieron privados, era palpable. No podía evitar comparar la entusiasta actitud del pueblo acholi en este remoto rincón del Sur de Sudán con la desidia hacia los sacramentos que había encontrado durante mis años de pastor en Dublín. Había un vibrante sentimiento de entusiasmo cuando empezamos la Eucaristía, que celebrábamos bajo un gran árbol de mango – una auténtica catedral natural pulida por la mano de Dios. ¡Sentía que aquello era muy bueno, muy bueno estar allí! Durante la ceremonia bautismal todos formaron en un gran círculo bajo el verde techo de nuestra capilla de árbol de mango. Cuando terminamos la gente estalló en una lluvia de felicidad. Todos cantaban, bailaban y daban palmas; incluso los niños en brazos seguían el ritmo de las danzas de sus madres.

Los acholis, que son grandes músicos, cantantes y bailarines, alegraron cada momento de nuestra celebración. De vez en cuando, durante la misa, las mujeres rompían espontáneamente en sobrecogedores aullidos. Esta alegría y goce desbocado me ponían de punta los pelos del cogote. Durante la celebración, me sentí humilde y bendito por la gente que me rodeaba.

La procesión de ofrenda lo confirmó: dudaba que ningún miembro de la congregación tuviera dinero en sus bolsillos, ni un cambio perdido. Pero uno tras otro, vinieron al altar con generosas donaciones de maíz, tomates, alubias y mandioca. Yo sabía lo que para aquellas personas suponía donar los productos de sus campos: Cada onza de aquellos productos frescos que me ofrecían aquel día había sido cultivada y labrada trabajando la tierra con las manos. Aquel día inolvidable, lo cierto fue que ¡la Eucaristía me la dio a mi el pueblo acholi!

Richard O’Dwyer SJ
Miembro del equipo del JRS en Lobone
Sur de Sudán

Dírigete a Dios como a un amigo al que habla un amigo.

Háblale a Dios sobre tu respuesta, sobre tus necesidades y sobre tus deseos más profundos.

Termina tu oración con el Padrenuestro, la plegaria que Jesús nos enseñó.



Suggested Reading for Prayer
Hechos 2: 44-47

Todos los creyentes se mantenían unidos y ponían lo suyo en común: vendían sus propiedades y sus bienes, y distribuían el dinero entre ellos, según las necesidades de cada uno. Íntimamente unidos, frecuentaban a diario el Templo, partían el pan en sus casas, y comían juntos con alegría y sencillez de corazón; ellos alababan a Dios y eran queridos por todo el pueblo. Y cada día, el Señor acrecentaba la comunidad con aquellos que debían salvarse.